
El Valencia es un gran club, uno de los más que han habido, hay y habrán. Sin tener en cuenta esto resulta muy difícil poder explicar cómo en la peor temporada de la historia de la entidad, con continuas crisis deportivas y sociales, y con cambios de entrenadores y presidentes, este equipo se ha proclamado vencedor del título de la Copa de S.M. el Rey. Pero solo los grandes y dignos equipos saben levantarse tras las caídas más dolorosas como la del pasado fin de semana contra el Racing. Afición, directiva, cuerpo técnico y jugadores se creyeron capaces de lograr el sueño de ser campeones y soportaron estoicamente el golpe liguero y la marea mediática favorable al Getafe para ser ese Valencia invencible de las grandes ocasiones. Ese Valencia que calla bocas y cuando más en contra tiene todo, más impresionante es la victoria que consigue.
Y es que en ese gol de Fernando Morientes, que sentenciaba al Getafe y remataba un grandísimo trabajo hecho por el equipo entero, viajaba la explosión de euforia que se desató cuando acabó en la red de Ustari. Morientes pegó un puñetazo sobre la mesa e hizo que el Valencia se quitara una presión demasiada angustiosa del Getafe en la segunda parte. En ese mismo momento, cientos de miles de valencianistas celebraron el título repartidos por cualquier punto geográfico de Madrid y Valencia. El delantero valencianista culminó una final de libro jugada por el Valencia C.F., esa final precocinada desde la capital para que el Getafe se proclamara de una vez campeón. Ese Getafe simpático que desde la meseta se ha buscado que España entera apoyara a los azulones después de la machada del Bayern y la otra Copa perdida con el Sevilla. Incluso S.M. el Rey se posicionó públicamente a favor del equipo madrileño, en una final de “su” copa donde el Valencia parecía un equipo sueco en tierras españolas.
Aún así, el batallón de Getafe comandado por su astuto presidente, quiso llegar de falsa víctima, cuando los madrileños habían tenido un gran peso para decidir jugar en el Vicente Calderón y además habían conseguido llevarse dos entradas para cada socio que luego Ángel Torres pretendió hacer negocio con ellas. Pero es complicado disimular lo inevitable, ya que los azulones se veían campeones desde el inicio. Los valencianistas se metieron en la boca del lobo, en casa del enemigo, pero con valentía y sacando el orgullo del club grande herido tantas veces esta temporada pasó por encima a un todavía novato Getafe.

Agraciados:

Me gustan los lunes si el Valencia ha ganado. Algo así decía Manuel Vazquez Montalban de su Barça y no diréis que hoy lunes, fiesta y tras ganar en el Bernabeu es un lunes de bandera.Hoy he tomado un cortado en el bar y he buscado con la mirada a ese que todos los días lee el AS y le he sonreído. Por lo reciente de la victoria copera contra el equipo del padre de Carvalho, he dedicado un sonoro buenos días también a aquel que devora el sport.
Agridulce es el sabor que se queda después de que el colegiado Muñiz Fernández pitara el final del partido en el Coliseo Alfonso Pérez. Los méritos conseguidos por cada equipo durante el transcurso de los noventa minutos hacen indicar que el Valencia podría haberse adueñado de los tres puntos si hubiera puesto una marcha más al ritmo de juego del encuentro. Pero precisamente, la principal razón que ha impedido que los valencinistas pusieran el miedo en la portería de Abbondanzieri ha sido la incomprensible e injustificable expulsión de David Villa. El delantero asturiano marcó el devenir del partido de forma negativa para su propio equipo al propinar una entrada por detrás a De la Red que Muñiz Fernández no dudó en sancionar con tarjeta roja porque aunque podría haber sido entendida como tarjeta amarilla, la acción del “Guaje” estaba fuera de lugar. Así pues, los de Koeman tuvieron que retener con más de media de hora de juego todavía el asedio azulón a la meta de Hildebrand. Sin embargo, los hombres de Laudrup no supieron crear ocasiones claras de gol en buena parte por la buena actuación conjunta de toda la defensa valencianista y en especial de los centrales Albiol y Helguera. La solidez defensiva de la segunda mitad era un factor importante del que carecía el Valencia en los últimos y en Getafe fue una clave para que los blanquinegros puntuaran por primera vez en el Alfonso Pérez tras tres intentos fallidos.