
Mi hija tiene diecinueve años. Siempre ha sido muy guapa, muy buena chica y la quiero mucho. Fue aplicada en sus estudios y, si bien tuvo algunos momentos de flaqueza, siempre ha sido de las más destacadas de su clase.
Hace un tiempo empezó a salir con un chico que prometía. Un joven “de posibles”, hijo de un constructor adinerado. Si bien no muy atractivo, sí que parecía centrado. La verdad es que ella venía de una época un poco parrandera, de mucho salir y bastantes juergas. Así que cuando llegó aquel noviete lo celebramos con alegría. Por fin un poco de sensatez en casa.
Pero, mi gozo en un pozo, el tipejo aquél resultó ser un cabeza loca. Con unas ocurrencias a cuál más descabelladas. Despilfarrador, jaranero, mal educado, que se ganaba enemigos allá donde pasaba. Pero ella estaba loquita por él. Mi hija empezó a dormir mal, comer peor y llevar una vida poco recomendable. Lucía mal, demacrada y ajada.
Cuando nos dijo que iba a abandonar al interfecto (o que el susodicho la iba a dejar a ella, tanto da), saltamos de alegría. Y más cuando apareció un pretendiente tremendamente atractivo y educado, de noble cuna, con varias carreras, mucho dinero (esta vez ganado por sí mismo), con muchos contactos sociales y con ganas de convertirla de nuevo en la princesa que pudo haber llegado a ser. Luego nos enteramos que el primer hijo de puta la había dejado preñada. Pero a Juanito, como se llamaba esta monada de chico, no le importaba.


La verdad es que iba rondándola también, otro conocido de aquel novio. Poca cosa y del mismo estilo que el anterior. Feo y bajito, soso y tartamudo, violento y sucio. Pero, vamos, no le dimos mucha importancia.
Anoche mi hija nos comunicó que se iba a casar con el feo. Que no quería saber nada del guapo, que el tartaja era del pueblo y que no quería irse a vivir fuera. Inmediatamente vi el futuro que le esperaba: gorda, con varios hijos, víctima de violencia doméstica y sin poder salir de la cocina.
Me senté en la cama. Abracé a mi mujer. Y lloramos. Desconsoladamente.

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