Gasol en la alfombra rojaCuando se resuelve una intriga tanto tiempo rehogada que avistábamos su final, es cuando más conviene la distancia para asimilar su verdadero calado. Vale celebrar el momento. Pero vale más situarlo donde debe por cuanto de verdad ha costado.

Ese ánimo retrospectivo procedía cuando vimos alzar los brazos a Fernando Alonso. Y eso mismo procede ahora cuando alzamos la vista y vemos, quién lo diría, a un español en el All Star de la NBA. Cómo pasa el tiempo y cuánto cambian las cosas. Parece un espejismo para quienes asistimos a una edad dorada que no trascendió nuestras fronteras más que con la imaginación de un breve sueño llamado Fernando Martín.
El All Star Game, esa cosa americana objeto del frecuente menosprecio por tanto islamista del baloncesto europeo, representa, más que ninguna otra imagen, la alfombra roja del Baloncesto mundial, el más selecto y deslumbrante reparto individual que puede ofrecer este deporte. Hoy día es seguro que si sobresale un jugador extraordinario en cualquier parte del globo, allá en la NBA que acabará más temprano que tarde. Puede parecer una obviedad, pero no ha demasiado que esto, la prospección sistemática del talento global, no tenía por qué producirse. Más seguro aún que lo anterior es que si hay un jugador extraordinario dentro de la misma NBA, en el All Star terminará a su debido momento. Este doble y rigurosísimo filtro, semejante al de un Nobel deportivo, es precisamente lo que ha superado, en menos de cinco años, Pau Gasol, la figura europea de mayor potencial en la historia de la NBA por detrás del alemán Dirk Nowitzki y con un valor específico de franquicia muy superior al de Toni Kukoc y Detlef Schrempf. En fin, casi nada.
Gasol nos hizo ver muy pronto que éste era el año. El discurrir de su primera mitad de temporada, de la que ha podido sobrar su último cuarto, incluso despertó un consenso sin precedentes en el electorado español, el más crítico del espectro internacional que vertebra la NBA. El caso es que terminamos por reconocer un natural punto de encuentro en que, digámoslo claro, daba gusto verlo jugar, casi a placer y con una inquebrantable sensación de superioridad. Pero si ya la palabra del espectador es sagrada, donde el consenso ha cobrado mayor relevancia es en un particular elenco de entrenadores (Fratello, Popovic, Frank, Brown), de exquisito olfato táctico, que no han ahorrado en elogios sobre el de Sant Boi, y más concretamente en uno muy revelador: que el verdadero valor de Gasol no se mide por lo que hace, sino por lo que obliga a hacer. Y esto, señores míos, es ya cosa seria.
Hablando de seriedad, algo inevitable nos ha hecho concebir esa poblada barba que viene a seccionar simbólicamente su carrera en dos: la del novato que no deja de crecer durante cuatro largos años y la del adulto que compromete su responsabilidad al contrato de superestrella de la empresa que le paga, cuya primera prueba no se olvide que arrancó en la ausencia del Europeo de Suecia. Por respeto. Gesto por gesto, y con una ausencia hasta es posible que baste. Pasado el verano y como visible acto de fe, Pau llegó a creerse su propia barba. Había digerido en silencio las peores críticas que no sin cierto fundamento un sector de la prensa llegó a cargar sobre él, tildándolo de soft, light, y si me apuran, hasta female. No se cambia de la noche al día, pero su presencia pasó a cobrar tal importancia, mucho más táctica que estadística, que las sombras sobre su defensa y rebote, aún sin desaparecer, se han diluido notablemente. Ahora es un hombre. Con sus flaquezas, pero un deportista plenamente adulto.
En infinita menor medida y como parte del relleno, Gasol ya fue una vez all star. Ocurrió en Philadelphia hace ahora cuatro años. Ya entonces era el mejor novato de la liga, lo que venía a refrendar la elección extranjera del draft más alta de la historia. Sólo que aquella vez no lo pasó nada bien. Sinverguenzas como Martin o Miles adoptaron con él una actitud miserable, pendenciera. Gasol, en plena pista y sin más intención que jugar, no comprendía el porqué de aquella hostilidad manifiesta y voraz, igual que lamentó profundamente las primeras veladas frente a Garnett, a quien en mala hora reconoció como ídolo. Y es que el chaval, además de finura, personalizaba sin saberlo un triple delito: ser novato, blanco y extranjero en una fiesta que parece haberse agenciado sin remedio la peor versión de la generación actual, parte de cuya soberbia tuvo también Gasol que padecer a manos de algún compañero en su propio vestuario. Todo eso ya pasó, pero resulta admirable que jamás levantara la voz.
Por ello en suma, contemplemos esto como un justo y merecido premio. Y lo que es más: como una esperanzadora estación de tránsito, pues quedan cotas mucho más enormes que alcanzar. Y tiempo hay para ello. No tiene más que 25 años y reconforta comprobar cómo la edificante lógica de su carrera parece estar procediendo con quirúrgica precisión. De momento sobra con pisar la alfombra roja. Y el oscar, para esa noche de relumbrones ajenos, esos sí que propiamente americanos, se lo dejamos a otros.
Enhorabuena, Pau. Creo ver algo muy nuestro en este galardón.
Gonzalo Vázquez