Misery acquaints a man with strange bedfellows
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Politics make strange bedfellows
Recuerdos
Podría decirse que la historia de un hombre o una mujer se reduce a sus recuerdos. Existe, de hecho, una cita de Antonio Porchia que dice que “Lo que no se convierte en recuerdo, no fue”. Toda nuestra memoria está plagada de esos momentos que, buenos o malos, marcaron nuestra existencia: fiestas, amores, caricias, muertes,… Es, evidentemente, nuestra historia.
Al igual que con el resto de cosas que nos han sucedido, uno suele guardar un primer recuerdo de cuando comenzó a sentirse valencianista. La querencia por un equipo no es algo que suceda en un instante, suele sera un proceso más largo que, a la larga, deviene en una marca a fuego en nuestro corazón. Cada valencianista lo llega a ser por muy diferentes razones: por herencia familiar, por amigos, por una partido que vio en la televisión,… En mi caso fue herencia familiar, pero la constatación de mi valencianismo es un recuerdo que tengo muy presente en mi mente: un penalty.
14 de mayo de 1980. Bruselas. Estadio Heysel (actualmente Rey Balduino):
De generación en generación
Hoy he sabido que el bebé que lleva mi mujer en sus entrañas es un niño y la primera imagen que ha acudido a mi mente ha sido el rostro de mi padre. En los próximos días van a cumplirse tres años de su fallecimiento: un fatídico día de noviembre del año 2005 su corazón dejó de mover ese cuerpo bonachón y alegre para convertirlo, simplemente, en un recuerdo imborrable en mi mente. Él fue la persona, junto con mi madre, que me enseñó a ser tal y como soy y me inculcó los valores que mueven mi vida. Él fue quien me enseñó a ser valencianista, quien me enseñó a amar estos colores y a sufrir con este escudo. También fue él, un fatídico día de 1986 mientras de mi cara sólo surgían lágrimas y renuncios, quien me dijo la frase más cierta sobre el fútbol que oído decir a nadie: “Podrás amar a una, dos o mil mujeres pero, al final, acabarás olvidándolas. Lo que nunca podrás hacer es dejar de ser del equipo que amas, aunque lo intentes con todas tus fuerzas”. Ahora es mi turno de estar en el lado que un día fue suyo.
Hoy, como ya dije antes, he sabido que tendré un hijo y lo primero que he hecho ha sido, casi sin darme cuenta, acercarme a una tienda a comprarle la primera cosa que encontrase. No ha sido demasiado difícil. Mientras mi mujer estaba paseando entre los diferentes objetos de la tienda me he acercado a ella y le he enseñado lo que llevaba en la mano y me ha sonreído: un minúsculo chándal con ese escudo del murciélago que llevo grabado a fuego en mi corazón. “Será la primera ropita que vestirá nuestro hijo”… y me han entrado ganas de llorar…
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